Así descubrí que era adicto a los videojuegos de celular: “Solo un nivel más”
Tabla de contenidos
- La falsa productividad del empleo público
- Las señales que todos ignoraron (incluyéndome)
- El diagnóstico: adicción comportamental encubierta
- Niveles de recuperación: el juego terapéutico
- Los power-ups emocionales
- Relaciones en modo cooperativo
- Lecciones para otros jugadores compulsivos
Federico Henao, diseñador gráfico de 35 años, nunca imaginó que su pasatiempo favorito se convertiría en una prisión digital. Lo que comenzó como partidas casuales de Candy Crush en sus descansos laborales, se transformó en jornadas maratónicas de 8 horas donde olvidaba comer, dormir e incluso ir al baño. “Me decía ‘solo un nivel más’, pero cuando miraba el reloj habían pasado horas“, confiesa con vergüenza en su primera sesión en SELIA.
La falsa productividad del empleo público
Su trabajo en una entidad estatal con horarios flexibles se convirtió en el caldo de cultivo perfecto para su adicción:
- ✔️ Tardes “muertas” en la oficina dedicadas a Clash Royale
- ✔️ Almuerzos rápidos para seguir jugando
- ✔️ Noches enteras tratando de alcanzar el top 100 regional
“Creía que controlaba el juego, hasta que un día me desmayé en el trabajo por deshidratación. Había pasado 36 horas sin beber agua suficiente“, admite.
Las señales que todos ignoraron (incluyéndome)
Los síntomas eran evidentes, pero Federico los justificaba:
- Ira desproporcionada cuando su novia Mónica pedía atención
- Temblores en las manos que atribuía al estrés
- Pérdida de 8 kilos en dos meses (“Ventaja colateral“)
“Lo que me hizo despertar fue cuando Mónica grabó un video de mí gritándole a mi celular a las 3 a.m. por perder una partida. No reconocía al hombre del video“, dice con voz quebrada.
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En SELIA, el psicólogo especializado le explicó que su caso era especialmente peligroso: “Los juegos móviles son la heroína digital: accesibles, socialmente aceptados y diseñados para crear dependencia“. El tratamiento incluyó:
Niveles de recuperación: el juego terapéutico
- Modo historia: Analizar qué vacíos llenaban los juegos (en su caso, sentido de logro que su trabajo no le daba)
- Jefe final: Identificar los disparadores (aburrimiento laboral, miedo al fracaso profesional a sus 35 años)
- Recompensas reales: Reemplazar logros virtuales por metas tangibles (aprender ilustración digital)
“Lo más difícil fue desinstalar todos los juegos. Sentí como si me arrancaran parte del cerebro“, confiesa Federico.
Los power-ups emocionales
Su plan de recuperación incluyó:
- ✓ Usar aplicaciones que bloquean juegos durante horarios laborales
- ✓ Terapia de exposición: jugar solo 15 minutos cronometrados
- ✓ Reemplazar el tiempo de juego con cursos de diseño avanzado
“Descubrí que pasaba 45 horas semanales jugando. Ahora invierto ese tiempo en un portafolio que me podría conseguir un mejor trabajo“, comenta orgulloso.
Relaciones en modo cooperativo
Mónica se integró al proceso:
- Juntas crearon un sistema de “vidas” donde cada hora de calidad equivalía a 30 minutos de juego permitido
- Transformaron su ritual de cena: antes comía rápido para jugar o simplemente no lo hacía, ahora cocinan juntos sin pantallas
“Al principio pensé que me dejaría. En cambio, me enseñó que la paciencia también es una forma de amor“, reconoce Federico.
Lecciones para otros jugadores compulsivos
Federico comparte su aprendizaje:
- La adicción a videojuegos no requiere apuestas para ser peligrosa
- Los trabajos “tranquilos” pueden ser trampas para mentes inquietas
- El verdadero “game over” es perder conexiones humanas por conexiones wifi
En SELIA enfatizamos que la adicción digital suele ser síntoma, no causa. Como descubrió Federico: “No era débil por caer en esto. Solo estaba usando mal mi necesidad de sentirme competente“.
*La historia ficticia retrata los cientos de casos de pacientes de SELIA, en la búsqueda de formar conciencia con compasión en la sociedad.




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