Entre la realidad y la sombra: la vida de Camila y su lucha contra los brotes psicóticos

Entre la realidad y la sombra: la vida de Camila y su lucha contra los brotes psicóticos

Artículo revisado por nuestro equipo de redacción clínica
Última actualización:
17/12/25

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Bogotá amanece gris, como muchos días en Chapinero. Camila Rojas, una joven de 29 años, se prepara para su trabajo en una pequeña agencia mientras revisa por tercera vez si llevó sus pastillas. Hace un año, un diagnóstico cambió su vida: trastorno esquizoafectivo, una condición que la sumerge en brotes psicóticos repentinos, donde las fronteras entre lo real y lo imaginario se desdibujan.

Su historia no es solo la de una enfermedad, sino la de una batalla silenciosa por mantenerse a flote en un mundo que a veces la arrastra hacia el abismo.

El primer quiebre: cuando la mente dejó de ser confiable

Todo comenzó en la universidad. Camila, entonces una estudiante de Diseño Gráfico, empezó a escuchar murmullos en los pasillos. “Pensé que hablaban de mí, que me seguían“, recuerda. Las noches sin dormir se volvieron normales; creía que su celular transmitía sus pensamientos. Su familia notó su paranoia, pero atribuyeron su comportamiento al estrés. Hasta que una madrugada, gritando que “los drones del edificio la vigilaban“, fue llevada de urgencia a una clínica.

El diagnóstico llegó después de una evaluación psiquiátrica: trastorno esquizoafectivo, una condición que combina síntomas de esquizofrenia (como alucinaciones y delirios) con alteraciones del estado de ánimo. “Fue un alivio ponerle nombre, pero también un duelo. Sabía que mi vida ya no sería igual”, confiesa.

Medicación, terapia y el fantasma de la recaída

Los antipsicóticos ayudaron a reducir sus brotes, pero los efectos secundarios —aumento de peso, temblores— la hacían sentir extraña en su propio cuerpo. “Dejé las pastillas dos veces. La primera, porque creí que estaba curada; la segunda, porque ya no me reconocía al espejo“, admite. Ambas veces, los delirios regresaron: una vez, estuvo segura de que su jefe era un espía; otra, pasó horas convencida de que su reflejo tenía vida propia.

Su tratamiento con los expertos de SELIA, donde combina terapia cognitivo-conductual y grupos de apoyo, ha sido clave. “Aprendí que la psicosis no me define, pero sin ayuda, me controla“, dice. Su psiquiatra, explica: “El mayor reto es la adherencia al tratamiento. Muchos pacientes abandonan cuando se sienten estables, pero la red de contención es vital“.

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El trabajo como ancla (y a veces, como detonante)

Camila logró emplearse como diseñadora en una agencia pequeña, donde le permiten horarios flexibles para sus terapias. Sus compañeros saben de su condición, aunque no siempre entienden sus ‘días malos’. “Una vez, un episodio de paranoia me hizo llorar en el baño porque estaba segura de que todos sabían mis secretos“, relata. Su jefe, Marta, aprendió a darle espacio: “Le decimos ‘Camila, respira’ y la acompañamos sin presionarla“.

Pero el estrés laboral puede ser un detonante. Hace tres meses, una entrega ajustada la sumió en insomnio, y las voces regresaron. “Tuve que faltar una semana. Me daba miedo que me despidieran, pero prefirieron apoyarme“, dice. Para muchos con condiciones mentales graves, el empleo es un equilibrio frágil entre la independencia y el riesgo de recaer.

La soledad y los estigmas: “Parece que tener psicosis te vuelve impredecible

Fuera del trabajo, Camila enfrenta el aislamiento. “Cuando cuento que tengo brotes psicóticos, la gente se aleja o me trata como si fuera peligrosa“, lamenta. Incluso su novio de la universidad terminó la relación tras un episodio: “No supe cómo manejar que creyera que yo estaba envenenándolo“, él admitió después.

En SELIA, encontró a otros que comprenden su lucha. “Hablar con personas que han vivido lo mismo me quitó la vergüenza. No somos violentos. Solo a veces necesitamos que nos recuerden qué es real“.

Una vida en reconstrucción

Hoy, Camila planea estudiar un diplomado. Lleva ocho meses sin brotes graves, aunque sabe que la enfermedad no desaparece. “Todavía hay días en que mi mente me juega trucos, pero ya no me asusto tanto“, dice. Su familia, al principio reticente por los prejuicios, ahora asiste a terapias grupales para aprender a apoyarla.

Su mensaje para otros en su situación es claro: “Busquen ayuda aunque duela.

“. En Colombia, donde la salud mental sigue siendo un privilegio, historias como la de Camila exponen la urgencia de más atención en la salud mental.

*La historia ficticia retrata los cientos de casos de pacientes de SELIA, en la búsqueda de formar conciencia con compasión en la sociedad.

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